Un 10 de octubre como hoy, pero de 1990, Olimpia no jugaba una final: jugaba un pedazo de eternidad. En Guayaquil, ante un Barcelona que apretaba los dientes, bastaba con empatar. Pero los empates, cuando se trata de Olimpia, nunca son empates: son coronaciones con transpiración. Había ganado por un claro 2-0 en la ida que albergó el Defensores del Chaco una semana antes.
Era otro fútbol. De esos donde el aire olía a radio AM y los penales se sufrían sin VAR, con la mano en la cabeza y la fe en los guantes de Éver Hugo Almeida. Y fue justamente él, el enorme Almeida, quien atajó un penal que todavía hoy se recuerda como si fuera un gol. Porque lo fue. Porque después de esa tapada vino el envión, el pase de Luis Monzón y el toque de Raúl Vicente Amarilla, que no pateaba: escribía poesía con botines. Anotó al minuto 80 y el tiempo se detuvo. El Decano empataba 1-1 y con eso le alcanzaba para levantar la segunda Copa Libertadores de su historia.
En ese equipo jugaban hombres que parecían venir de un álbum de figuritas sagrado: Amarilla, Monzón, Almeida, Guasch, Adriano Samaniego, Gabriel González. Y en el banco, el sabio Luis Cubilla, el maestro; y arriba de todos, en los escritorios, Osvaldo Domínguez Dibb, el presidente que soñaba en grande cuando soñar todavía era gratis. Armó un plantelazo. Dicen que mejor que los del 79 y 02. Llegó a tres finales seguidas: 89, 90 y 91. También ganó la Supercopa y la Recopa.