El ídolo de Olimpia que rechazó millones para ir a defender la patria en Boquerón

29 Septiembre de 2025
29 Septiembre de 2025
Aurelio González, el Gran Capitán.
Aurelio González, el Gran Capitán.

El 29 de septiembre de 1932 los paraguayos se miraron a los ojos en medio del calor del Chaco y entendieron que podían ganar. Ese día, en Boquerón, nació la primera gran victoria de una guerra cruel, y también quedó escrita una de esas historias que parecen inventadas: la de un goleador que rechazó un contrato millonario y se fue al frente con el mismo ímpetu con que iba al área.

Aurelio González ya era famoso. Olimpia lo tenía de bandera, Luque lo recordaba de niño, y hasta San Lorenzo de Almagro lo tentaba con billetes que en aquella época parecían de otro continente. Pero él dijo que no. Que gracias, pero no. Y en lugar de preparar un bolso con medias, se calzó un fusil y marchó al Regimiento 14 Cerro Corá. No por nada fue conocido como "El Gran Capitán".

Dicen que en la huelga de ferrocarriles Aurelio trotaba desde Luque hasta Asunción para llegar a los entrenamientos de su querido Olimpia. ¿Qué se puede esperar de alguien que ya corría kilómetros por disciplina, no por obligación? En Boquerón, cuando los bolivianos tenían más hombres, más armas y más logística, Aurelio tenía lo mismo de siempre: una voluntad imparable.

Sobrevivió. No todos lo hicieron. Cuando volvió del infierno del Chaco, Olimpia todavía lo esperaba. Ganó más títulos, metió más goles, sudó más camisetas. Pero el fútbol ya no era igual: después de ver morir compañeros en trincheras, ¿qué podía pesar una derrota un domingo?

Como técnico armó un Olimpia invencible. Lo llevó al único pentacampeonato del balompié guaraní, a la primera final internacional, y sembró en sus jugadores una idea simple: podés errar un pase, podés jugar mal, pero nunca podés guardarte el sudor. Lo decía alguien que ya había dejado la vida en la tierra seca del Chaco. Forjó el carácter que hizo conocido a Olimpia.

Aurelio González fue, antes que nada, un tipo que supo elegir. Entre dólares y patria, eligió patria. Entre comodidad y barro, eligió barro. Entre ser ídolo y ser soldado, eligió ambas cosas. Y lo hizo con la misma seriedad con que corría por la vía del tren para llegar a un entrenamiento de fútbol.

Por tal razón, cuando alguien pregunte quién fue el mejor jugador que vistió la franja negra, habrá quien nombre a tal o cual. Pero a Aurelio no hay que medirlo sólo por goles ni por títulos. Hay que medirlo por la decisión más difícil: cuando tuvo que elegir, cambió el gol por un fusil.

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