Eran las 10 de la noche en Capitán Bado, pero nadie dormía. Los ciudadanos veían una misma imagen: una cancha en Colombia, un balón que rodaba lento y una camiseta roja y blanca corriendo detrás de un sueño. Claudia Martínez llevaba en los pies las esperanzas de un país, pero en su mirada se leía otra cosa. Eran las ganas de una niña que alguna vez jugó descalza en el patio.
Paraguay necesitaba un gol. No porque el empate no sirviera —con eso alcanzaba—, sino porque Claudia no sabe jugar a medias. Así lo aprendió desde chica, cuando entre los pastizales de su barrio pateaba todo lo que encontrara. Jugaba contra los varones y no pedía favores.
El reloj marcaba 93 minutos y Alisson Bareiro recuperó una pelota. Levantó la cabeza y vio a Claudia. Se la pasó a alguien que corría con alma y vida. Claudia la recibió como si hubiera nacido para ese instante. Un toque, cuatro pasos, y el golpe con la punta de su pie derecho. En Capitán Bado, alguien dejó caer un vaso. En Asunción, se escuchó algún que otro grito. En Colombia, el balón volaba hacia el ángulo superior izquierdo de la portera ecuatoriana. Definición de crack. Claudia no gritó, no lloró, no miró al cielo. Se tiró al suelo mientras sus compañeras se abrazaban.
Así, Paraguay se consagraba campeón del Sudamericano Sub-17. Terminó con 11 puntos. Es el primer título continental para el fútbol femenino guaraní. Martínez fue la máxima goleadora del certamen: anotó 10 tantos en los nueve partidos de la Selección, que la fecha pasada ya se aseguró la clasificación para el Mundial (del 17 de octubre al 8 de noviembre en Marruecos).