No entiendo aquí al miedo como una emoción o reacción biológica o natural, sino como una tecnología política, como una forma de gobierno. O, como ya lo hacía notar Hobbes en su obra El Leviatán, entiendo al miedo como regulador y organizador político, es decir, como una tecnología que permite comprender la interacción entre el ejercicio de la política, la estructuración social y su repercusión en las conductas humanas.
Por supuesto, esa interacción permite comprender, además, que el miedo siempre fue, y sigue siendo, útil para alguien o para ciertos grupos privilegiados. En Paraguay, durante décadas -quizás ya siglos- fue útil para mantener el orden, el silencio y la obediencia.
La pedagogía del miedo
El 23 de octubre de 1931, estudiantes paraguayos salieron a protestar contra el gobierno liberal. Fue una de las primeras irrupciones juveniles del siglo. La represión fue inmediata y sangrienta.
El Estado respondió con fuego, y lo hizo en nombre del orden, como lo haría una y otra vez. Aquella matanza estableció una pedagogía, manchando de sangre joven las calles de Asunción. Desde entonces, cada protesta estudiantil arrastró el eco de ese miedo fundacional.

El Estado puede matar, y el ciudadano debe callar, tal fue el mensaje de profunda herencia. Esa fue la primera gran lección de miedo que marcaría el siglo. Lo que siguió fue la consolidación de una cultura del silencio, donde el miedo se respiraba sin discusión alguna.
Durante el stronismo, el miedo dejó de ser una reacción para convertirse en un sistema. El miedo ya no era el resultado de acciones episódicas, esporádicas. Era parte de una atmósfera. La represión, la delación, la censura, la vigilancia: todo el aparato estatal estaba diseñado para domesticar la conciencia. Bartomeu Melià lo escribió con precisión en El Paraguay inventado, afirmando de alguna u otra manera que durante el stronismo los intelectuales tenían miedo de escribir.
El miedo a escribir podría quizás verse como un gesto de cobardía; sin embargo, era más bien consecuencia lógica de vivir en un régimen donde cada palabra podía significar el exilio, la tortura o la muerte. En Paraguay, el pensamiento se volvió clandestino.
El miedo como estructura
La dictadura convirtió al miedo en infra y superestructura. Un sistema de calles, oficinas, una configuración del espacio público que derivaron en hábitos cotidianos y en la normalización de estructuras de poder. El miedo se infiltró en la conversación, en la mirada, en la forma de decir algo o no decir nada en absoluto. La sospecha era una forma de ciudadanía; la delación, una política pública; la condena, una política de Estado.
El miedo no necesitaba de la tortura diaria para sostenerse. Bastaba con la posibilidad, con algo parecido al panóptico de Foucault. Esa posibilidad era suficiente para disciplinar a una sociedad entera. El stronismo entendió —mejor que las dictaduras vecinas— que el terror sólo necesita continuidad. Las ventanas abiertas representaron también, utilizando a Galeano, las venas abiertas del Paraguay. De ahí que el miedo, al tiempo que convence, agota y debilita al pueblo.
El convencimiento y el agotamiento triunfaron. Lo que vino después de 1989 no fue una ruptura, sino una transición del miedo político y militar, al miedo social. Se desmanteló la maquinaria visible de la represión, pero quedaron sus efectos invisibles, como la autocensura, la desconfianza, la apatía. Las frases "no te metas" o "no es asunto tuyo" sobrevivieron al dictador. El miedo cambió de dueño, pero no de función.

La herencia del miedo
Paraguay sigue habitando una extensa sombra, de la que no puede salir. En este país, el miedo ha transmutado, de ser residuo del pasado pasó a ser su forma de permanencia. Se transmite de padres a hijos, como una educación no escrita y con una pedagogía tácita e inconsciente. Es una memoria sin archivo, pero con efectos visibles. Ejemplificados en el silencio público, en la falta de crítica, en el hábito de mirar hacia otro lado, en la costumbre de defender a los poderosos por miedo a quedarse sin trabajo o a ser criticado y censurado por los silenciosos.
El stronismo enseñó que escribir podía ser peligroso, y todavía hoy el pensamiento crítico sigue siendo una práctica sospechosa. La censura ya no viene solamente del Estado; viene del entorno, de la mirada del otro, de la "certeza" compartida de que la palabra no cambiará nada. El miedo, en Paraguay, pasó de ser un instrumento de la violencia a ser su herencia cultural más duradera.
El miedo como gobierno del pueblo
La represión del Marzo Paraguayo de 1999 fue un retorno al viejo reflejo de la bala como argumento. La muerte volvió a ser un recordatorio de que el poder todavía podía imponerse sin consecuencias. Las décadas pasan, los métodos cambian. El Estado paraguayo, sin embargo, sigue administrando el miedo con una precisión casi burocrática.
Es difícil de saber con claridad, teniendo en cuenta el nivel pauperizado de la clase política dominante actual, si la administración del miedo estatal es consecuencia de una racional y deliberada política pública o si es solo consecuencia de aquella pedagogía del miedo heredada.
Sea de una u otra manera, el poder político sigue explotando ese miedo; por supuesto, con mucho más disimulo. La violencia física cedió espacio a la indiferencia estructural. El ciudadano ya no teme tanto ser perseguido; teme no ser escuchado. Y esa indiferencia —ese vacío de atención pública— se volvió el nuevo rostro del control.

En la democracia paraguaya, el miedo sigue siendo el mecanismo más eficaz de control, aunque con nuevas formas. Ya no se teme a los militares o a la caperucita roja, sino al desempleo, al escrache, a la exclusión. El miedo se privatizó. Cada quien carga con el suyo, cada quien tiene miedo a perder el trabajo, a hablar demasiado, a enfrentarse a una institución que no protege, a denunciar la impunidad, el abuso de poder o el nepotismo. Pero el miedo, como diría Durkheim, también se socializó. La sociedad entera tiene miedo de lo que podemos llamar autoritarismo fantasmal.
Estas experiencias las vivimos casi cotidianamente, pero no nos damos cuenta o no hacemos nada para que el miedo y el autoritarismo fantasmal ya no nos aceche. Es mejor callar o reír, hacer memes al respecto. Como si las injusticias, las desigualdades, el sufrimiento cotidiano del pueblo, las miserias vividas —consecuencias todas de la corrupción estructural—; más aún, como si el insulto de la clase política hacia la ciudadanía fuera un mero espectáculo cómico del que sólo podemos reír, sobre el cual es mejor reír.
En la democracia paraguaya presenciamos el espectáculo tragicómico que nos ofrece la clase política colorada como si se tratase de una película extraña o ajena a nosotros. Nos reímos de nuestra propia desgracia asumiendo, o mejor dicho, fingiendo que no nos pertenece. En lo que somos verdaderamente democráticos es en el miedo, la forma de gobierno en el que todos (o casi todos) participamos.
¿Esperanza en la nueva generación?
Hoy, las nuevas generaciones crecen entre dos memorias: la del miedo heredado y la del miedo aprendido, la de la desconfianza aprendida. Protestan, sí, mas sin creer del todo en la eficacia de la protesta y la manifestación. Saben que la represión no necesita ser visible para existir. Esta generación no es ciertamente una que se moviliza sin miedo; es una generación que quizá ya asumió, consciente o inconscientemente, que el miedo forma parte de la estructura social.
El miedo se ha naturalizado, es sinónimo de prudencia, de paciencia, de resignación nacional que tanto se ha confundido con la calma heroica. No hace falta nombrar a nuestros héroes nacionales: el niño de Acosta Ñu, el agricultor-soldado o el pyrague, figuras clave que hunden en los campos de batalla, en los yerbales o en la dictadura stronista el miedo heredado.
Paraguay es hoy un país donde el poder político se recicla y en el que se han perdido la seguridad jurídica y la confianza en las instituciones. Un país donde el miedo ya no solo es un paralizador social utilizado como herramienta estatal, también es una anestesia aplicada desde la familia y la escuela, hasta el punto de naturalizarse como forma de ciudadanía, sin atisbos de sospecha alguna.
El miedo ha dejado de ser un grito y se ha vuelto un ruido o un sonido de fondo; ruido fuerte, incómodo y estridente para las personas que aún se atreven a pensar críticamente y a manifestarse, a protestar; sonido armónico que ameniza la fiesta de la corrupción para quienes están anestesiados o para quienes orquestan la misma, pero a la que, sin embargo, todos asistimos.

¿Qué esperanza puede haber si esta fiesta ha socavado hasta lo más básico? ¿Qué esperanza puede haber si tememos salir a trabajar o estudiar un día de lluvia por miedo a electrocutarnos o a ahogarnos por el raudal; por miedo a que por hacer las cosas correctamente nos manden un sicario; por miedo a que nos asalten o asesinen; por miedo a no conseguir —a pesar de ser licenciados/as, magísteres, doctores/as— estabilidad económica y laboral por no ser del partido colorado; por miedo a que, por ser mujeres, sometan y asesinen? ¿Qué esperanza puede haber si en lo más visible (la cotidianidad) y en lo más invisible (lo estructural político y social) los miedos actúan debilitando nuestras potencias y favoreciendo nuestro sometimiento?
Al decir de Spinoza, la esperanza estaría en superar el miedo. Afecto (emoción) que deviene siempre en pérdida de potencia; en otras palabras, el miedo disminuye considerablemente la capacidad de acción de cada individuo y, por ende, del pueblo, sin la cual no es posible el mejoramiento de las condiciones individuales, sociales o colectivas. Hay, pues, una estrecha relación entre los afectos y la política.
Un uso político correcto de los afectos, no ya uno que construya e instituya miedo o tristeza, sino alegría o generosidad, serviría para construir una sociedad auténticamente democrática y sin miedo a superar sus traumas ancestrales. Se necesita, finalmente, una política que ya no esté manchada de sangre, una que no sea roja, que ya no sea colorada.
* Alan Bogarín Colmán es masterando en Ciencias Sociales por la FACSO-UNA. Es secretario general del Centro de Investigaciones en Filosofía y Ciencias Humanas (CIF-Paraguay).