CulturaSerá presentado en la FIL Asunción

El "Diario de viajes", de Carlos Villagra Marsal

De próxima aparición, la obra -publicada por Editorial Rosalba- reúne las cartas que el escritor envió a su familia entre 1958 y 1960, durante un largo viaje a Europa. A lo largo de sus diez capítulos expone impresiones, anécdotas y reflexiones sobre Madrid, Andalucía, la Ruta del Quijote, Lisboa, el norte de África, Inglaterra y Francia. En exclusiva, compartimos aquí la primera parte del Capítulo II ("Llegada a España").

18 Mayo de 2025
18 Mayo de 2025
Tapa de "Diario de viajes, 1958 a 1960" de Carlos Villagra Marsal. Editorial Rosalba (2025).
Tapa de "Diario de viajes, 1958 a 1960" de Carlos Villagra Marsal. Editorial Rosalba (2025). Cortesía

Madrid, 30 de septiembre de 1958

Querida familia:

Vuelvo a escribirles recién ahora. No les he escrito antes porque el trajinar y las preocupaciones fueron tantas que solamente ahora —11 de la mañana— puedo realmente hablar con ustedes con el suficiente tiempo, material y espiritual.

Bueno, veamos. En Río estuvimos 3 horas. La travesía de Río a las Palmas de Gran Canaria fue magnífica. Se hicieron dos o tres grandes fiestas. En el cruce del Ecuador me bautizaron. Pacho y Héctor fueron "Polizia Equatoriale". Nos divertimos en grande. Tengo las fotos. Inmediatamente después de Río, el pasaje se animó e hicimos amistad con muchísima gente interesante. Pacho, Héctor, Gonzalo y yo fuimos considerados como de lo mejor en el barco. Todo el mundo nos tenía gran aprecio y hasta admiración. "Los paraguayos" éramos invitados indefectiblemente a cuanto juego, farra o diversión hubiera. En fin, riendo, cantando, bailando o hablando en serio, pasamos muy bien. Me olvidaba de decirles que cantamos guaranias y polcas durante todo el viaje.

En las Palmas fuimos a una excursión organizada por el buque. Es una isla asombrosa, relativamente pequeña, pero muy pintoresca: una mezcla de Europa y África. Camellos e hindúes por las calles, flores y más flores por todas partes.

La ciudad de las Palmas no es muy grande. Como no existen aduanas, es un mercado internacional de un movimiento intensísimo.

A Lisboa llegamos el 18. Lisboa merece capítulo aparte. Es la ciudad más encantadora y exquisita que he visto en mi vida. Esa es la verdad: encanto y exquisitez. Casas rojas, verdes, encarnadas, azules, parques de un verde intensísimo. Y las flores. Es una verdadera apoteosis, una orgía de flores. Y es notable observar cómo han sabido conservar la pureza arquitectónica de la vieja Lisboa. Los edificios modernos, recién construidos —hay cientos de ellos— mantienen el mismo esplendoroso y un poco ingenuo encanto de la Lisboa antigua. Fuimos en taxi (los taxis son baratísimos en Europa) hasta Estoril, pueblecito cercano donde tienen casa de verano gente acaudalada de todo el mundo. Y los monumentos de Lisboa. Y las fuentes. Y las calles empinadas. Y los puentes. Y el cielo azul más luminoso de Europa, a una media constante de 25°. Fuimos además al convento de San Gerónimo, gigantesca expresión de la magnificencia barroca. En la Catedral de los Gerónimos he visto las estatuas yacentes de Camoens y de Vasco da Gama, y sus tumbas respectivas.

Carlos Villagra en Altamar. Cortesía
Carlos Villagra en altamar junto a sus compañeros de viaje. Cortesía

El 20 cruzamos el estrecho de Gibraltar a las 5 de la mañana. Pacho, otra gente y yo nos quedamos en el puente de mando, en vela, para observar el paso. Fue impresionante. África a la derecha, Europa a la izquierda; las luces de la costa nos guiñaban desde muy cerca, hacía un viento furioso, y allá arriba, la estrellería del Norte —¡pensar que ya son otras mis estrellas, pensar que ya es distinto el cielo y mi cielo es lejano!— refulgía limpiamente, interminablemente. El antiguo augurio de los astros me pareció propicio. Yo creo que todo irá bien, como hasta ahora.

Llegamos a Barcelona el domingo 21 a las 9 de la mañana. Desde las 6 nos esperaba en el puerto Luis Mezquita Chavarri, cónsul del Paraguay en Barcelona. El comportamiento de este señor con nosotros fue extraordinario. Todo lo que se diga es poco. Le habían avisado de nuestra llegada, y, sin conocernos personalmente, fue a esperarnos en el puerto.

Barcelona es, probablemente, la ciudad más europea de España. Pero, por eso mismo, le falta color, personalidad, garbo. Tiene cosas interesantes, sin embargo. Con Luis fuimos al Tibidabo, al Pueblo Español, al Montjuic y muchos otros sitios. También fuimos a un pueblecito veraniego a 30 km de Barcelona, sobre la Costa Brava. Se llama Castelldefels y hay una playa maravillosa allí.

Otra vez fuimos con Luis Mezquita y su señora a la fuente iluminada de Montjuic, al extremo de Barcelona. Es algo único en el mundo. Imagínense ustedes una fuente de 50 metros de diámetro, con 60 chorros de agua que suben hasta 30 metros, variando continuamente de color y de forma, mediante un sistema de luces y control de escape. No se cansa uno de mirar aquello.

El 24, día de la Virgen de la Merced, patrona de Barcelona, la ciudad se vistió de fiesta. Vimos bailar la sardana, el baile típico catalán, en la explanada frente a la catedral, a muchachos y chicas de Barcelona, a los acordes de la orquesta sinfónica de Barcelona. La catedral es impresionante.

Carlos Villagra junto a compañeros en Altamar. Cortesía
Carlos Villagra Marsal junto a compañeros de viaje. Cortesía

En el puerto, visitamos la réplica exacta, hasta en sus menores detalles, de la Santa María, la nave capitana de Colón. Eriza los pelos pensar que estos locos se aventuraron en esa cáscara de nuez, que no tendrá más de 25 metros de proa a popa, por el vastísimo Atlántico, y sin siquiera saber a dónde iban. En la recámara del Almirante están su propio y auténtico arcón, su silla (en la cual me senté), sus armas, etc.

El día de la Virgen, "a las cinco en punto de la tarde", fuimos a los toros. El cartel era extraordinario: el madrileño Aparicio, Luis Ordóñez, el más sabio y artista de los actuales toreros españoles, según la crítica, y el famosísimo Chamaco, que ya no es valiente, sino suicida. La tarde llena de sol, los pasodobles poblando el aire, la multitud, el garboso paseo de la cuadrilla, y, por último, la enorme y negra fiera saliendo del toril, y el torero enfrentándosele; primero con el capote o la capa, después la suerte de varas y luego la de banderillas, luego la suerte de muleta, y, por fin, entran a matar. Vimos una faena de Aparicio realmente espeluznante, y otra de Ordóñez muy buena. A los dos les dieron orejas y rabo. Los dos toros del Chamaco eran de mala ganadería y no pudo lucirse. Pero se veía que este hombre se juega la vida a cada instante. La fiesta de los toros es un verdadero ballet; el colorido, la plasticidad, los movimientos de los toreros, etc. Pero es un ballet con la muerte. Y esto es cierto y auténtico. Uno siente a la muerte mirar gravemente por entre la música, el sol, los trajes de luces, de las espadas, y en los agudísimos pitones del toro o en el gallardo revoleo de la capa.

Cortesía
Página de "Diario de viajes". Cortesía

 

Mezquita tiene en el Consulado una completísima exposición permanente de productos y cosas paraguayas, donde hay desde cerámica de Julián de la Herrería hasta poncho de 60 listas, desde tucanes embalsamados hasta sobornales de yerba.

En fin. Gracias a Mezquita, la pasamos extraordinariamente bien. Su amabilidad llegó al extremo de llamar él a Madrid para avisar de nuestra ida y que nos prepararan alojamiento. Es un karai guazú y un gran amigo.

Salimos de Barcelona el jueves 25 a las ocho de la mañana en el rápido a Madrid. El viaje fue fatigoso pero interesante. En el trayecto, el tren recorre tres regiones españolas: Cataluña, Navarra y Castilla; el trayecto, como montañoso en su mayor parte, está horadado de decenas de túneles. Las tierras de labor que veíamos al paso están aprovechadas hasta el máximo. Vieras, papá, las viñas extenderse kilómetro tras kilómetro. Y los olivares, ¡árbol hermoso, el olivo! Verde, gris y plata, es él el sustentador sereno del paisaje. Y vimos manzanares. Miles de árboles. Y abetos, encinas, pinos, chopos. "Dulce chopo, dulce chopo...".

Es notable cómo los campesinos que veíamos al pasar, sobre todo los navarros y castellanos, estaban como fundidos integralmente al paisaje. El rostro duro y tallado como las roquedas que atalayan el alto viento, la piel aceitunada y los ojos profundos como la madre tierra morena que los pare y los cobija y los nutre.

En la estación de Madrid nos esperaban don Raúl Silva, encargado de negocios en ausencia del embajador que todavía no llegó; Julio César Riego, cónsul en Madrid, y los tres marinos paraguayos que están estudiando acá, y César Leoz y Puqui Guanes. Ya habían buscado una pensión para nosotros en la Gran Vía, y allá fuimos. Al día siguiente, por la tarde, nos mudamos los cuatro acá, al Guadalupe, en carácter de transeúntes hasta hoy 30, en que ya nos darán plaza de colegiales, es decir, residentes permanentes por todo el curso 58-59. La embajada presentó una nota a comienzos de setiembre, pidiendo plaza para los cuatro. Toda esta gente, especialmente el encargado de negocios y primer secretario, don Raúl Silva (el padre del juez, mi amigo) y el cónsul Riego, se están portando maravillosamente con nosotros. Resulta que nunca hubo tantos paraguayos en el Guadalupe: nosotros cuatro, los tres marinos, los tres tenientes: González, Alcaraz y Ramiro Gutiérrez Yegros, tres excelentes mozos y grandes amigos; un médico, becario del año pasado, César Leoz, muy bueno; Puqui Guanes y Gustavo Díaz de Vivar, el hijo del exembajador, que estudia Ingeniería Industrial, un magnífico muchacho y excelente compañero. En total, diez.

Carlos Villagra en Madrid. Cortesía
Carlos Villagra Marsal en Madrid. Cortesía

De este colegio les diré que es, exactamente, un hotel de lujo: un comedor enorme, un bar magnífico, sala de música, de conferencias, gimnasio, todas las habitaciones individuales con calefacción, un placar enorme y cómodo, escritorio, biblioteca, teléfono, lavabo y tocador y baño, etc. Y un ambiente magnífico. 200 hispanoamericanos y españoles que te tratan de tú al instante, y en un momento se hacen amigos. La Ciudad Universitaria sí que es maravillosa: parques inmensos y enormes edificios color ocre vivo y blanco, un ambiente tranquilo, propicio para el estudio. Y el centro de Madrid a solo diez o quince minutos en metro. ¿Y Madrid? Es la ciudad de más empaque y señorío, la ciudad más compradora que he visto nunca. Conquista en segundos. Con dos millones de habitantes, la gente camina sin prisa por las calles, saboreando a tragos degustados la vida. Y el madrileño y la madrileña son sonrientes, simpáticos, amables. Me va a dar mucho gusto vivir aquí.

En cuanto a los estudios, yo me inscribiré en dos cursos de Filología, uno de Filología comparada con Dámaso Alonso y otro de Filosofía moderna con Carlos Bousoño, en la Facultad de Filosofía y Letras. Además, seguiré un curso de Derecho Internacional Público en la Facultad de Derecho y otro curso de Inglés intensivo que dan acá en el colegio.

De modo que no se preocupen. Yo estoy perfectamente bien de salud mental y física y dispuesto a aprovechar en forma mi estancia acá.

Lo que más le pido a Dios es que siga bien mamá Isabel cuando vuelva, para contarle todo lo feliz que fui y seré en esta tierra, su patria, que ahora ya lo es también mía por el empuje del amor, la admiración y el orgullo de saberme hijo de sus raíces.

 

Carlos Villagra Marsal (Asunción, 1932-2016) fue un reconocido escritor paraguayo. Fue convencional constituyente, diplomático y ministro de la Secretaría de Políticas Lingüísticas. Entre sus obras más conocidas están Mancuello y la perdiz (1965), Antología mínima (Asunción, 1975), Guarania del desvelado (Buenos Aires, 1979), Papeles de Última Altura (1991) y El júbilo difícil (Asunción, 1995).

 

Nota de edición: Carlos Villagra Marsal (2025). Diario de viajes. De 1958 a 1960, Editorial Rosalba, Asunción, 120 páginas. La edición estuvo al cuidado de la  viuda del escritor, Ana María Carrón de Villagra. El libro será presentado el 2 de junio, a las 20.00 horas, en la FIL Asunción.  

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