Hay figuras que fundan una escena y, con el paso del tiempo, terminan siendo escritas en los márgenes de su propia historia. Ysanne Gayet (Sri Lanka (Ceilán, 1948) es una de ellas. Llegó al Paraguay en 1970 con poco más de veinte años, cofundó el Museo del Barro junto a Carlos Colombino y Osvaldo Salerno, inauguró en 2010 el Centro Cultural del Lago en Areguá, escribió libros en inglés sobre el territorio paraguayo y construyó, a lo largo de medio siglo, un archivo visual y escrito muy extenso.
Nos recibe en Areguá, en el centro cultural que lleva más de una década sosteniendo. Habla con la tranquilidad y con la lucidez de quien todavía tiene mucho para decir. Esta entrevista forma parte de una serie de perfiles de artistas mujeres que venimos desarrollando, con el propósito de visibilizar y documentar el papel que tuvieron —y tienen— las mujeres en el campo de las artes visuales y en la construcción cultural del Paraguay.
— Ysanne, usted llegó al Paraguay en 1970 con 21 años. Más de medio siglo después, ¿se siente una artista británica que vive en Paraguay o una artista paraguaya nacida en otro lugar?
— Siento que soy británica y estoy en el Paraguay. Así me siento.
— Nació en Ceilán, creció en Inglaterra, estudió en Bélgica, habla francés, inglés y español. Podría haber hecho su vida en cualquier lugar del mundo. ¿Qué tiene Paraguay que hizo que usted se quedara?
— Las circunstancias, más que otra cosa. La vida es complicada, a veces da muchas vueltas. Pero estoy contenta de haberme quedado, porque siento que, por lo menos, algo hice con mi vida. No sé qué habría sido de mí si hubiera vuelto a Inglaterra. En los primeros años sí tenía muchas ganas de regresar. No me gustaba el clima, el calor. Y llegó un momento en que tampoco me entusiasmaba tanto la vida social, que al principio había sido una novedad. Mi esposo tenía una posición importante y era una dinámica sin tregua: muchas fiestas, muchas embajadas, mucho whisky (yo no tomo), muchos cigarrillos (¡tampoco fumo!). Me cansé de todo eso. Tal vez al inicio fue una etapa interesante, pero después necesité algo más.
— Usted dijo alguna vez que lo que más le impactó de la cultura paraguaya fueron las mujeres: "muy luchadoras, muy guapas". Pero en los años 70, cuando usted llegó, la mujer casada ni siquiera podía disponer de sus propios bienes por ley. ¿Cómo vivió esa realidad, siendo una mujer europea que venía de otro contexto?
— Sí, por supuesto que me chocó. Las mujeres eran, con frecuencia, las protagonistas principales de mis cuadros. Incluso formé parte del grupo de mujeres que tomamos el Parlamento con cacerolas, haciendo un verdadero bochinche, para exigir un cambio en una ley que no defendía en absoluto a la mujer. Yo también me separé, así que pude —y puedo— solidarizarme profundamente. Me di cuenta de que la mujer en Paraguay estaba muy desprotegida, y eso no me gustó.
—¿Llevó esa problemática a su práctica artística?
— Sí. Organicé una exposición en el Instituto Cultural Paraguayo Alemán que se llamaba "Derechos Mujer". Todas las que expusimos ahí lo hicimos para defender los derechos de la mujer. Yo hice un cuadro: casi siempre pinto árboles, pero esta vez en forma de espantapájaros. Y las mujeres colgaban del brazo del espantapájaros, como ahorcadas. Lo compró Line Bareiro. Creo que la obra se llamaba "Hangman".
— La muestra "A su manera", que inauguraron en marzo en Areguá junto a Lucy Yegros y Gisela Von Thümen, reúne vestidos, joyas y los collares Yvera. ¿Qué las une a ustedes tres más allá de la amistad?
— Pienso que las tres tenemos mucha energía. Lucy, por más chiquitita que sea, tiene una energía con la que nadie puede competir: sus cuadros, sus esculturas, su diseño de joyas, sus escritos, sus cantos, su curiosidad, su presencia constante en toda la escena cultural. Y Gisela, con la música, con la publicación de libros, con su trabajo en la defensa y restauración del patrimonio jesuítico —como en San Cosme y Damián—, con su contacto con los jesuitas en Alemania... Es una gestora importantísima. Logra conseguir financiación para muchos proyectos, sobre todo vinculados a la música. Y yo también, que tengo bastante energía. Somos motores: no podemos parar, siempre tenemos que estar haciendo algo.
— El título de esa muestra habla de no seguir modas y de honrar la libertad de ser mujeres, madres y luchadoras. ¿Cuánto le costó a usted hacer las cosas "a su manera" en un país donde la mujer tenía un lugar muy acotado?
— No nos costó, porque en los años setenta, en el campo del arte, había todo por hacer. Nadie nos dijo "no pueden". En la parte creativa había un gran vacío cuando yo llegué. No había galerías de arte, salvo "Mu'a", de Coco Grillón y su socio, en el centro de Asunción. Así que no fue un impedimiento; todo lo contrario. No es que nos impusimos: simplemente hicimos. Y bueno, acá estamos.
— Usted escribió "Sub Tropical Essays" íntegramente en inglés, un libro que cubre 20 años de su vida en Paraguay. ¿Por qué eligió escribirlo en inglés y no en español?
— Básicamente, por lo que siempre decía Rafael Peroni, de RP Ediciones. Rafael decía: "En el Paraguay no hay más que mil lectores". Se quejaba, claro, porque eso iba en contra de su negocio como editor. Y esa frase se me quedó grabada. Entonces pensé: bueno, prefiero llegar a la gente que no conoce el Paraguay, a los de habla inglesa —los alemanes, los del norte de Europa, los americanos, los británicos... que en ese momento eran bastantes—. Y escribí en inglés.
—¿Fue un acto de documentación o de autocomprensión?
— Era un registro.
— En todos sus libros —Las tortugas de Chovoreca, Cuentos del Lago Azul, Ecocuentos, The Paraguay River— aparece el territorio paraguayo como protagonista. ¿Escribir sobre un lugar es una forma de hacerlo suyo?
— No precisamente, nunca lo pensé así. Pero estuve en los lugares en momentos determinados, y me parece importante compartir eso con otras personas. Durante muchos años, cada vez que venía un extranjero al Paraguay, lo subía a mi auto, lo llevaba al interior y le mostraba todo lo que podía. Llevé gente a fiestas populares, a visitar a los artesanos, y también al Chaco, a conocer a las comunidades indígenas y su artesanía. Es una manera de dejar constancia de aspectos interesantes —y, en aquel entonces, no hace tanto— que todavía existían en el Paraguay y que yo viví desde mi llegada en los años setenta.

— Usted construyó un archivo extraordinario: libros, documentales, registros fotográficos, cuentos, entrevistas con artesanos y comunidades indígenas. Todo hecho desde la práctica, no desde la academia. ¿Siente que la academia paraguaya ha tomado en cuenta ese material?
— La verdad es que ni sé. Y no es que mucho me importa. Obviamente, no tengo nada en contra. Pero yo, como Lucy, como Gisela, somos motores —al menos hasta ahora que aún estamos de pie—, no podemos parar. Me da igual. Voy a seguir haciendo cosas, mañana quizás algo totalmente diferente. No me quedo a pensar "sí, es que la academia...". No.
— En los estudios culturales latinoamericanos se discute mucho la tensión entre arte popular y arte erudito. Usted estuvo en el centro de esa discusión cuando cofundó el Museo del Barro, que propuso exhibirlos en igualdad de condiciones. Desde su experiencia concreta, no desde la teoría: ¿esa igualdad se logró, o el sistema del arte sigue jerarquizado?
— Para mí se logró. El arte popular y el arte indígena están hoy por todos lados. Antes, las personas los compraban únicamente para su quincho, con suerte. Ahora están en las salas, en los restaurantes, en los museos, en importantes centros internacionales.
— Y usted fue parte de ese proceso de valorización.
— Cuando yo llegué, en 1970, prácticamente se podía contar con los dedos de una mano a quienes les interesaba el arte popular e indígena. Había coleccionistas extranjeros —principalmente franceses—; estaba Colombino, Osvaldo, Olga (Blinder) con su colección, Ticio (Escobar), Livio (Abramo), Maricha (Heisecke) con sus juguetes, la Recova, Casa Overall. Después vinieron Cecilia Fadul, Clarita Gadea, Marta Baumann... Éramos muy pocos.
Amigos venían a mi casa en Fernando de la Mora y veían que yo decoraba mi sala con cosas típicas. Y la reacción era: "¿qué es eso?". Algunos lo veían raro, incluso mal: "¿cómo vas a poner eso ahí?". La aceptación fue un proceso lento, que llevó muchos años. Como me dicen mis hijos: "Mamá, qué pena que ahora todo esto está en auge y vos no estás sacando provecho". Pero nunca fue mi intención sacar provecho. Mi objetivo siempre fue que se diera a conocer no solo la calidad de los objetos, sino también a sus creadores. En general, veía sus vidas como muy sacrificadas.
—¿Siente que ese trabajo de visibilización está hoy debidamente reconocido?
— Es buenísimo que hoy en día haya negocios importantes que alquilan objetos de arte popular y artesanía para decorar la inmensa cantidad de fiestas que se hacen a diario en el Paraguay. Sus dueños sacan fotos en las redes sociales, por ejemplo, yendo a Tobatí por un camino de tierra a recoger sus pedidos... Claro, sigue siendo toda una aventura. Pero también recuerdo que durante años yo iba sola, en mi pequeño Citroën —tenía que sacar los asientos para poder cargar la mayor cantidad de mercadería posible— y cruzaba sola el arroyo de Tobatí. A veces, incluso, me quedaba atascada en medio del arroyo. En aquel entonces, la ruta principal a Tobatí era de tierra; después la empedraron y, muchos años más tarde, la asfaltaron. Por supuesto, es gratificante recibir un certificado de reconocimiento, pero también sería fundamental que quede documentado el proceso —la historia— de cómo llegamos a donde estamos hoy en "la cultura", en relación con sus protagonistas: no solo los creadores, sino también los promotores y gestores culturales. Lo justo es lo justo.
— Ticio Escobar dijo que su mundo es "el campesino rural, el indígena y el suburbano". Osvaldo Camperchioli la llamó "la extranjera más paraguaya que conoce". ¿Qué le dice eso sobre cómo la ven?
— Me gustan ambas. Está bastante acertado. Realmente, no es que me gusten tanto las ciudades.
— En la historia del arte paraguayo hay figuras destacadas como Olga Blinder, Josefina Plá, Edith Jiménez y también usted. ¿Cree que Paraguay le debe algo específico a las mujeres en la construcción de su escena cultural?
— A Olga y a doña Josefina siempre las mencionan, probablemente más que a otras. También está Lotte Schulz... Pero hay tantas que deberían ser aún más reconocidas. La artista argentina Susana Romero, por ejemplo, dedicó muchos años a la enseñanza, incluso formando a artistas hoy consagrados. También en la literatura, la música y el teatro hay figuras cuya contribución merece mayor visibilidad. La lista es interminable. En el ámbito de la cerámica, sin embargo, creo que en general están bien recordadas. Por ejemplo, las ceramistas Rosa Brítez, Juana Marta Rodas, Marciana Rojas, Margarita Corvalán, Gregoria Benítez (Itá), Virginia Yegros, Mercedes Noguera (Tobatí), Lucy Spinzi y Paula Sánchez (Areguá)... y por supuesto, Keka Zaldívar y doña Josefina.. Siempre es bueno —y justo— recibir el reconocimiento que uno merece.
— Me doy cuenta, escuchándola, que muchas veces son las mujeres las que están construyendo el legado y la escena artística del Paraguay. ¿Considera que es así?
— Sí, también pienso que es así. Para mí, Verena Regehr fue absolutamente clave en la formación de los dibujantes originarios del Chaco Central. Otra persona que casi nadie recuerda es Diana Espinoza, quien creó la Fundación Melodía en Villa Hayes. El trabajo que está realizando allí es enorme y verdaderamente admirable; merece un reconocimiento importante. Además, es la fundadora de Books, la librería: supo ver la necesidad de contar con textos y lecturas en inglés para los colegios y, hace ya muchos años, abrió ese espacio que sigue siendo fundamental. Y son tantas... Por nombrar algunas más que considero importantes: las mujeres que estuvieron y están hoy al frente de centros culturales y museos clave de la capital; también es una mujer quien lidera el importante proyecto anual de "Noche de los Museos". Y no quiero olvidar a aquellas que, muchas veces desde un segundo plano, acompañaban el trabajo artesanal de sus maridos. Pienso en doña Juana, esposa del tallista popular Cándido Rodríguez de Capiatá, y en doña Herminia, la mujer de don Zenón Páez de Tobatí. También me vienen a la mente las numerosas tejedoras de ao po'i, del ñandutí y las del Chaco, portadoras de saberes fundamentales. Y siempre están en mis recuerdos Estela, del Museo del Barro, y también Mari, la mano derecha del Museo Guido Boggiani de San Lorenzo. Tras su fallecimiento, el museo ya no volvió a ser el mismo. Era ella quien limpiaba, recibía la mercadería, atendía a los visitantes, vendía, y hasta preparaba la comida para quienes llegaban desde las comunidades a ofrecer sus productos.

—¿Cómo llegó a Areguá?
— Primero Fernando de la Mora, después San Lorenzo, después Villa Morra, General Santos y finalmente Areguá. Cuando mis hijos eran chicos, yo ya quería comprar la casa de enfrente del Centro Cultural del Lago —lo que hoy es Ceproca—, que pertenecía al Dr. Binder, un alemán que trabajaba con los ishir, los chamacocos. Pero mis amigos en Asunción me aconsejaron —con razón— que sería una locura: "¿cómo vas a llevar a los chicos al colegio?". Entonces desistí.
Años después, cuando mis hijos ya habían terminado el colegio, un primo de Lucy Yegros estaba alquilando una casa aquí en Areguá, Doña Sol —donde hoy está Cogliolo—. Lucy me avisó que estaba disponible y me vine, en el año 1995. Cuando tomé la decisión de mudarme, quise dejar todo lo que tenía en Asunción. Pero una gran amiga, la artista argentina Susana Romero, me dijo: "No podés dejar tus cosas en Asunción. Tenés que llevar todo con vos, forma parte de vos". Y así fue: vine con todo.
— Y desde entonces, el Centro Cultural del Lago.
— Es una larga historia.
— Usted eligió la gestión y la promoción del arte como prioridad, y ha reconocido que por eso casi no tiene tiempo para pintar ni escribir. ¿Esa renuncia tiene un costo emocional?
— Supongo que sí. Me doy cuenta de que, cuando puedo pintar, estoy más contenta. Y cuando puedo escribir, también. El problema es que no logro tener el tiempo necesario: escribir y pintar no son cosas de sentarse un rato; necesitan algo más, una continuidad que hoy no consigo.
Solamente en enero —si no me enfermo, porque ha pasado: un año dengue, otro chikungunya— logro respirar un poco. Pero tampoco del todo, porque enero es también el mes en que hacemos las reparaciones del centro cultural. Claro que necesito ese tiempo de respiro. Lo necesito para mí.
—¿Cuáles son los desafíos que enfrenta hoy con el Centro Cultural del Lago?
— Lo peor, insisto, es que me falta tiempo para mí misma. Para poder tener ese tiempo —porque, modestia aparte, hasta el momento soy el motor del CCDL— necesitamos conseguir un monto que permita pagar un salario adecuado como para contratar a alguien que pueda reemplazarme. Yo me dedico siete días a la semana al centro: si no estoy acá, estoy haciendo gestiones en la capital. Por suerte, desde el año 2012 se acercó el Banco Itaú para preguntarnos si nos interesaría que nos auspiciaran. Desde entonces —y desde hace ya diez años a través de su Fundación— nos apoyan de manera sostenida. Es una gran ayuda para nosotros y reconforta saber que hemos podido contar con ellos. La parte económica es fundamental; la crisis actual no ayuda y las condiciones siguen siendo precarias. Siempre tengo esa preocupación: ¿qué pasa si me enfermo?, ¿qué pasa si me muero?, ¿cómo continúa esto? Son cosas que rondan en la cabeza.
Ayer llegó desde París alguien que trabajó en los inicios del CCDL, en 2010: Julien Demelenne. Su idea es quedarse en Paraguay durante seis meses. Vamos a intentar armar una fundación, a ver si eso puede ayudar.
— Ysanne, usted lleva más de 50 años observando, registrando y promoviendo el arte en Paraguay. ¿A qué deberíamos estar prestando atención hoy en el arte paraguayo que no estamos mirando?
— Yo lo veo bastante bien encaminado. Hay mucha gente estudiando arte; están surgiendo buenos artistas. La cerámica está en auge, la música atraviesa un muy buen momento. En literatura hay una producción inmensa —aunque a veces uno se pregunta quién lee todo eso, lo cierto es que se escribe mucho—. La pintura también se sostiene bien. Hay numerosas galerías y una escena artística activa. El problema eterno es la falta de fondos, la casi nula ayuda del gobierno. En ese sentido, siento que estamos muy atrasados respecto de otros países. Ayer, Osvaldo Salerno me compartió un video sobre lo que está ocurriendo culturalmente en México de cara a la próxima Copa Mundial de la FIFA: numerosos e importantes museos preparándose a gran escala, con un despliegue económico impresionante. No sé qué se hará cuando Paraguay participe en el próximo mundial; temo que vamos a quedar muy "pobres" frente a semejante nivel de inversión. Y ahora, además, hay recortes en el sector cultural, lo que vuelve el panorama aún más incierto.

—¿Y aquí en Areguá? ¿Por qué debemos conocer el Centro Cultural del Lago?
— Porque, en realidad, el CCDL fue el primer espacio en poner en evidencia "la otra cerámica de Areguá" y a sus artesanos-alfareros. Antes de su apertura, en 2010, casi nadie sabía bien quiénes eran. Tal vez se conocían algunos nombres —Roque Maqueda, Juan Carlos Maqueda, Lucy Spinzi, Paula Sánchez o la alfarería Von Schmeling—, pero hasta ahí. Ese trabajo lo hicimos nosotros: dar a conocer a quienes consideramos entre los mejores creadores de Areguá.
Durante todo el año, la ciudad recibe visitantes de todas partes, pero la gran mayoría ve y conoce solo lo que está en la calle... y, para decir la verdad, ¡a mí también me encanta! Lo veo como una especie de "instalación callejera". Pero insisto: al abrir las puertas del CCDL, poco a poco se empieza a descubrir "la otra cerámica" de Areguá y a sus talentosos artesanos. El CCDL exhibe una gran variedad de piezas únicas, de gran calidad, principalmente de Areguá, Tobatí e Itá, y desde hace algunos años también de Asunción y sus alrededores. Probablemente a algunos les moleste que alguien de afuera —que no es aregüeña de pura cepa— asuma la tarea de crear un espacio-museo para mostrar lo mejor de la ciudad. Pero el CCDL ya existe y, dentro de nuestras posibilidades, estamos siempre abiertos a dialogar con quienes se acercan.

—¿Y los colegios de Areguá la visitan?
— Casi ninguno, sobre todo desde la pandemia. Durante diez años tuvimos cine todos los sábados, y la gente de la ciudad prácticamente no venía. Llegaban personas desde Asunción, Fernando de la Mora, Luque... pero de Areguá, casi nadie. Supongo que muchos se sentían cansados después del trabajo exigente de la alfarería —más de 400 familias viven de este oficio en la ciudad— o, más probablemente, ni siquiera se enteraban de nuestras actividades. A veces sentimos que hay un "ellos y nosotros" muy marcado, y eso no ayuda. Algunos incluso comentan que hay aregüeños que ni siquiera conocen San Bernardino.
Presente
Cuando Ysanne Gayet habla, uno tiene la sensación de estar escuchando a una institución completa. No solo porque, entre otras cosas, cofundó el Museo del Barro, sino porque ella misma —su recorrido, su archivo y su perseverancia— son ya una institución. Una institución de una sola persona, sostenida durante más de cinco décadas a puro pulso, en condiciones que hoy —lo dice sin dramatismo— siguen siendo precarias.
La historiografía reciente del arte latinoamericano viene planteando, desde hace al menos dos décadas, una revisión crítica del canon: no alcanza con nombrar a las mujeres como autoras de obra individual; hace falta reconocerlas como constructoras de las condiciones materiales, institucionales y simbólicas que permiten que el arte exista. Museos, galerías, colecciones, espacios de formación, archivos, redes de sostenimiento.
En Paraguay, ese trabajo invisible —que es, en rigor, el más difícil— fue realizado mayoritariamente por mujeres: Josefina Plá, Olga Blinder, Edith Jiménez, Branislava Susnik, Ysanne Gayet. Y una lista más larga que la propia Ysanne se encarga de recitar durante la conversación, como quien cumple un deber de memoria: Cecilia Fadul, Clarita Gadea, Verena Regehr, Diana Espinoza, entre otras.
El caso de Ysanne Gayet condensa con precisión varias de las tensiones de esa historia. Cofundadora del Museo del Barro en 1979 —proyecto que instaló en el país una discusión teórica y política sobre la relación entre arte popular, arte indígena y arte erudito—, fundadora en 2010 del Centro Cultural del Lago, gestora de un archivo documental, fotográfico y literario producido íntegramente desde sus vivencias personales, autora de una obra pictórica y de escritos que dialogan con el territorio paraguayo desde una mirada ética, Ysanne encarna la figura de la artista-gestora-archivista: una producción que no cabe en los formatos tradicionales de consagración porque los desborda.
Que, a los 77 años, sostenga prácticamente sola —como ella misma reconoce, con el apoyo sostenido del Banco Itaú desde 2012— una institución cultural de referencia en Areguá, dice menos sobre su perseverancia individual —que es enorme— que sobre la desprotección estructural de quienes construyeron el campo cultural paraguayo sin pedir permiso ni reconocimiento a cambio.
"Lo justo es lo justo", repite Ysanne durante la entrevista. La frase, aparentemente modesta, es en realidad una demanda de justicia histórica: que el recorrido del arte popular paraguayo —desde el quincho hasta las salas de los museos contemporáneos— sea narrado con todos sus nombres.
Esta serie de perfiles de mujeres en la cultura paraguaya nace con esa convicción: documentar es un acto político, dar voz es una forma de reparación simbólica y de escribir la historia —la que todavía no está escrita—, es una tarea que aún está en construcción .
Ysanne Gayet es una de esas figuras sin las cuales el mapa cultural del país quedaría incompleto. Escucharla, registrarla y leerla con atención no es un gesto de cortesía hacia una artista extranjera que eligió quedarse: es un ejercicio necesario de memoria en un país donde la historia de las artes visuales sigue en construcción, y donde muchas mujeres se ganaron su lugar a pulso.

* Juan Florenciáñez es artista visual e investigador. Actualmente cursa estudios de posgrado en Producción de Textos Críticos y de Difusión Mediática de las Artes en la Universidad Nacional de las Artes (Buenos Aires, Argentina). Cuenta con diplomados en curaduría y comunicación por la Pontificia Universidad Católica de Chile y participa en el programa de formación Espacio/Crítica del Centro de Artes Visuales/Museo del Barro, Asunción.