Tengamos teatro en paz
La obra Tengamos sexo en paz, dirigida por Raquel Rojas, asume con acierto el espíritu de Darío Fo, cuyo compromiso político se traduce en estricta clave teatral: de modo dramático, divertido, irreverente. El guion no está escrito por Fo, sino por su esposa Franca Rame, escritora feminista de fuerte talla. Pero el origen de esta escritura, tanto como el hecho de que Raquel Rojas, directora de esta puesta, haya sido discípula de Fo, convocan la figura del gran maestro italiano, Premio Nobel de Literatura en 1997, radical “sin perder la ternura” y sabiamente nutrido de la Comedia del Arte italiana, conectada con la cultura popular y cargada de espíritu farsesco y satírico sin arriesgar la severa dimensión del drama. La Commedia dell'Arte conserva su vigencia desde el siglo XVI, ajustada a los desafíos que plantea cada tiempo.
Raquel Rojas utiliza esos distintos componentes y los adapta a nuestro presente, que es el mismo que cualquier otro presente humano en el ámbito existencial y en el conflicto político. La puesta es profundamente política en uno de los sentidos más importantes que tiene hoy este término: el micropolítico. No se ocupa tanto de las grandes luchas en torno al poder (aunque las supone), sino en los derechos del cuerpo, el terreno de la subjetividad y el deseo, la fuerza del inconsciente y el peso de los afectos y la sensibilidad.
Pero la obra también incorpora cuestiones que hacen a la necesidad de (macro) políticas adecuadas: la de integrar la educación sexual a nivel del Estado, de las gobernaciones y de los municipios, así como la de promover el respeto activo del pensamiento y la práctica feminista y el reconocimiento de la opción sexual y su gama amplia de diferencias y construcciones de género. La obra es audaz, ora entretenida, ora trágica; representa tanto denuncias graves como fantasías y lances picarescos; y lo hace articulando los diferentes momentos mediante el humor, el juego, la imaginación y los recursos propios de la escena. Éstos son ágiles y atrevidos, suponen planos distintos y juegan con el dentro y fuera de la escena: la cuarta pared se encuentra siempre entreabierta en una apuesta que enriquece la presentación.
El hecho de que esta obra se haya representado en el Teatro Municipal de Asunción mueve a dos consideraciones. Por un lado, es altamente plausible que el escenario oficial más importante del país se abra a la representación de cuadros crudamente sinceros, acoja palabras e ideas fuertes sin censuras moralistas y facilite la demanda de derechos sexuales omitidos en las políticas públicas, aunque sostenidos por la Constitución Nacional.
Nunca esperé escuchar en los venerables espacios del Teatro Municipal las voces fuertes y frescas del sexo feliz. Esto es aleccionador. Por otro lado, es lamentable que la obra sea forzada a abandonar la escena en el último día de su representación en ese local: que sea desalojada del Teatro Municipal. Según lo determinan sus estatutos y lo refrendan las políticas culturales adecuadas, este coliseo se encuentra abierto exclusivamente a la escena cultural. Cualquier otro uso es espurio, y lo es más aún el dirigido a albergar un debate de candidatos a intendente dispuestos a prodigar promesas que jamás cumplirán. Esto es lamentable. Lo demás, merece aplausos.
* Ticio Escobar es crítico de arte, antropólogo, curador, profesor y promotor cultural.