Sentarse, solo sentarse

10 Octubre de 2021
10 Octubre de 2021
Sentarse, solo sentarse
Sentarse, solo sentarse

El gato se sienta al sol.

El perro se sienta en el pasto.

La tortuga se sienta en la roca.

La rana se sienta en el nenúfar.

¿Por qué la gente no es así de inteligente?

 

Con este “cuento taoísta” comienza el libro Vida de gatos, de Lucy Yegros. Hay un episodio en la vida del Maestro de Zen Dogen que me parece digno de mencionar para aportar algo más al sabor del poema. Un militar se presenta al monasterio y le implora arrodillado que vaya junto al Shogun de Kamagura, un joven monarca que estaba siendo atacado por el espectro de un enemigo que ordenó matar. Dogen-Ji acude en su ayuda, atravesando una larga distancia.

Una vez allá, el monje se inclina frente al trono del shogun.

- ¿Qué hacen en tu secta? -pregunta el shogun.

- Solo sentarnos. Nos sentamos y nos sentamos -responde Dogen-ji.

- ¿Cómo puede hallarse el budismo con solo sentarse y hacer nada? -insiste, con la sensación de que el monje lo está tomando del pelo.

- Señor Tokiyori -le responde Dogen-, es como estar en medio del océano y quejarse porque no hay agua.

emVida de gatos/em. Ilustración y texto de Lucy Yegros. Cortesía
Vida de gatos. Ilustración y texto de Lucy Yegros. Cortesía

“El gato se sienta al sol”, dice el primer verso del poema que acabamos de leer. Un acto sencillo, tan sencillo que pareciera no necesitar de mucha inteligencia para ser realizado. Sentarse, solo sentarse. Pero queda la sensación de que hay algo más, de que esconde una secreta hondura, igual de honda que el océano en el ejemplo de Dogen. Pareciera que cuando el gato o el perro o la tortuga o la rana se sientan, a diferencia de Christian o de Fernando o Noelia, lo hacen en plena posesión de su naturaleza. Sin esfuerzo, cumplen con su único propósito, que es corresponder a su esencia, estar presentes en la gatunidad, en la ranidad, en la tortuguidad. Parafraseando al Sexto Patriarca Hui Neng, podríamos arriesgarnos a decir que “no hay gato, no hay sol, nada se sienta”. Solo queda el verbo, la transición: sentarse. Vale reiterar la pregunta, ¿por qué la gente no es así de inteligente?

Los poemas de Lucy son haikus, ella misma me los presentó así. Y para mí lo son no porque correspondan a cierta métrica, a cierta regla de escritura, sino porque el haiku, un auténtico haiku, se parece bastante al gato que se sienta al sol. Alguno puede parecer pueril, como este: “No hay nada bajo el sol, ¡excepto el gato!”. Pero más bien creo que participa de ese mágico desdén, de esa holgada sabiduría del gato que voltea la cabeza, que achina los ojos, que nos muestra el rabo y huye de las caricias. Escapa de la mano del intelecto, pero se abre como un aroma a la comprensión de la nariz. Es breve, pero inabarcable. Pudo haber sido escrito por un niño, pero de mil años. Para decirlo mejor, extraigo este maravilloso oxímoron del libro Vida de gatos: “El gato es el infinito en movimiento”.

emVida de gatos/em. Ilustración y texto de Lucy Yegros. Cortesía
Vida de gatos. Ilustración y texto de Lucy Yegros. Cortesía

Con permiso de la autora y para terminar, les invito a descargar la mente de ideas para hacer lugar a la sorpresa. A leer estos poemas con ojos nuevos. A no escarbar en ellos, ya que son profundos en la superficie. Sientan cómo ronronean, desde el cuerpo, desde la letra. Sobre todo, les ruego que olviden cuanto he dicho, porque “al gato, como a la música, se llega a través del sentimiento”.

 

Christian Kent es poeta, escritor, editor.

 

Nota de edición: Lucy Yegros, Vida de gatos, Asunción: Editorial Búhos y Gatos, 2021.

 

 

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