Mabel Ávila: La docencia como legado
En el marco del ciclo "Currículum hablado", iniciativa de Gente de Arte que recupera las trayectorias de figuras clave del campo artístico paraguayo, Mabel Ávila presentó recientemente un recorrido por su vida profesional. A sus 81 años, con más de tres décadas dedicadas a la enseñanza de la Historia del Arte en instituciones como el Colegio Americano de Asunción y la Universidad Nacional, Ávila representa un eslabón fundamental en la cadena de transmisión del conocimiento artístico en el país.
Su caso resulta singular: formada como abogada en la Universidad Javeriana de Colombia, encontró en el arte primero un refugio personal y luego una vocación que redefiniría su vida. Discípula de Olga Blinder, Ávila pertenece a una generación de mujeres que construyeron las bases institucionales del arte contemporáneo paraguayo desde la docencia y la investigación.
La trayectoria de Mabel Ávila condensa varias tensiones productivas del campo artístico paraguayo contemporáneo: la relación entre formación académica y práctica artística, el rol de la docencia en la construcción de un ecosistema cultural, y el lugar de las mujeres como agentes fundamentales en la institucionalización del arte local. Su paso por el Instituto Superior de Arte Dra. Olga Blinder la inscribe en una genealogía de formación que marcó a buena parte de los artistas activos hoy en el país.
Ávila representa un tipo de figura cada vez más escasa: la del docente-investigador que dedicó su vida a la transmisión del conocimiento artístico sin por ello abandonar la reflexión teórica ni la producción propia. Su énfasis en el "empoderamiento" a través del estudio riguroso de la historia del arte constituye un posicionamiento pedagógico que trasciende lo meramente técnico para apostar por la formación integral del artista como sujeto crítico.
En un contexto donde la profesionalización del campo artístico paraguayo sigue en construcción, voces como la de Ávila ofrecen no solo un testimonio histórico valioso, sino también coordenadas para pensar los desafíos pendientes: la valorización de la docencia artística, y la necesidad de articular teoría y práctica en la formación de las nuevas generaciones. Esta entrevista busca documentar una voz que ha formado a varias generaciones de artistas y que ofrece una perspectiva privilegiada sobre las transformaciones del campo artístico local en las últimas cuatro décadas.
— ¿Cómo era el espacio de formación de Olga Blinder? ¿Qué significó para el campo artístico paraguayo?
— El espacio quedaba en la calle Río de Janeiro, cerca del Colegio Internacional en Asunción. Era una casa antigua que Olga compartía con su prima. Los estudiantes que salían de ahí eran completamente distintos, con una apertura intelectual notable. En la parte de adelante habían construido una estructura más sencilla de madera donde funcionaban los talleres. Estaban siempre llenos, porque no había prácticamente otro lugar donde estudiar arte con los conceptos que manejaba Olga.
Para mí ella fue mi maestra en toda la parte teórica. Con Olga era obligatorio asistir a las exposiciones. En aquella época no había tantas muestras como hoy, pero había que ir porque después venía el análisis crítico de la obra. Ahí conocí a figuras fundamentales del arte paraguayo: Graciela Neri Huerta, Eneide Boneu, las hermanas Martini, Carlos Sosa, William Paats. La mayoría eran arquitectos haciendo una suerte de posgrado con Olga. También a Lucy Yegros, a Irma Gorostiaga. La lista es extensa.
— Fuiste profesora de Historia del Arte durante más de treinta años, primero en el Colegio Americano, luego en la universidad. ¿Qué significó la docencia en tu trayectoria?
— La docencia es mi vida entera. Enseñé a tres, probablemente cuatro generaciones. Tuve incluso a los hijos de mis primeros alumnos. Amé enseñar. En el colegio Americano, trabajaba con adolescentes: llegaban con once años y se iban con dieciocho. Era un proceso muy enriquecedor verlos crecer intelectualmente y enfrentar la adultez.
En la universidad el perfil era diferente pero igualmente estimulante. Los estudiantes de arte tienen un modo de ver la vida completamente distinto. Muy creativos, disciplinados. No puedo decir que tuve alumnos problemáticos. Conmigo siempre fueron muy respetuosos. Recuerdo a mis estudiantes con muchísimo afecto. Y tal vez uno de mis alumnos que recuerdo así con más amor y cariño es a Edgar Balbuena, que fue mi alumno, después mi asistente, mi ayudante y finalmente mi gran amigo. Así lo recuerdo y ahora está en el cielo.
Debo mencionar algo importante: conseguí un trabajo excepcional en el Colegio Americano, donde los profesores son muy bien considerados y remunerados. Eso para mí fue una apertura enorme. Lo señalo porque me gustaría que todos los docentes pudiesen ser valorados de esa manera. Todos lo merecen.
— ¿Cómo evalúas la situación de las mujeres en el campo artístico paraguayo? ¿Qué transformaciones observaste a lo largo de tu carrera?
— Cuando llegué a Paraguay todavía estábamos bajo la dictadura de Stroessner. El ambiente era muy difícil para todos, no solamente para las mujeres. Pero después, ya en democracia y particularmente en el ámbito universitario, empecé a observar que la mujer ganaba un protagonismo significativo. La mujer que estudia arte suele tener un pensamiento más liberal, más independiente.
No puedo afirmar que estén completamente liberadas, pero en el campo artístico sí percibo una autonomía considerable. No tienen las mismas expectativas de una mujer tradicional. Estas mujeres quieren valerse por sí mismas, desarrollar una carrera, enfrentar el mundo profesional en igualdad de condiciones con los hombres. Falta camino por recorrer, sin duda, pero la mujer paraguaya ha logrado una independencia notable. Y la ha conseguido trabajando.
Las mujeres que se dedican a la enseñanza, la investigación, la producción artística, las becas internacionales, son mujeres fuertes. Saben lo que quieren y están dispuestas a lograrlo. Hay que reconocer también que la mujer paraguaya en general es muy fuerte. Muchas veces sostiene sola a su familia y lo hace de manera admirable.
— ¿Por qué considerás fundamental el estudio de la Historia del Arte para la formación de un artista?
— Por el empoderamiento que otorga. Cuanto más leés, más conocés, más dominás el mundo del arte en términos históricos, más empoderado estás. Es indiscutible. El arte tiene que ir acompañado de la teoría, la estética, la historia del arte, la historia del color. Eso es lo que te empodera, lo que te da altura y te permite elegir mejores caminos porque conocés más.
En este mundo competitivo, solamente quienes están empoderados por el conocimiento llegan. Durante veinticinco años mi única lectura fueron libros de historia del arte. Prácticamente no tenía tiempo para otra cosa. Pero la historia del arte lo contiene todo. Es como en el derecho o la política: no podés estudiar ciencia política sin leer historia de la humanidad o historia de las ideas. Están intrínsecamente unidas.
Para mí, la Historia del Arte es la base de todo. Tan es así que en la universidad los cuatro años de la carrera son esencialmente cuatro años estudiando historia del arte: la local, la americana, la occidental. Y aún queda pendiente profundizar en la oriental.
— Vos también producís obra. ¿Cómo convivieron en tu vida la práctica artística y la docencia?
— He sido artista, pero la parte docente cubrió mi lado artístico, lo dejó en un segundo plano. No nos podemos dividir tanto. La docencia es apasionante y demanda muchas horas de dedicación, preparación constante, actualización permanente. Eso hace que la vida tome ese rumbo.
Pero como trabajo con el arte, no puedo dejar de producir. Si me preguntás si viví del arte, sí, viví del arte. Pero del arte enseñando el arte. Se puede vivir del arte, por supuesto, y la docencia es una manera dignísima de hacerlo.
Hay una frase que suelo repetir: aunque dicen que el artista no se forma, que el artista nace, yo creo efectivamente que el artista nace. Lo demás que hacemos es llenar el hueco teórico y darle un marco institucional. Pero el artista ya está, ya nace hecho.
— ¿Qué consejo le darías a un joven artista que está comenzando su formación hoy?
— Que nunca abandone sus sueños. Que los atrape, los sostenga y los persiga. Si su sueño es ser artista, si su sueño es pintar, no tiene por qué dejarlo. No importa cuánta resistencia encuentre. Tiene que mantenerse firme, permanecer y lograr lo que quiere. Solamente así va a ser feliz. No hay otra manera.
Ser artista es una profesión digna. No podemos desconocer cómo vivieron los grandes artistas del Renacimiento, del Barroco, del siglo XX. Es una profesión que, si se sabe gestionar, si se construyen los contactos adecuados y se desarrolla una estrategia profesional, ofrece muchísimas oportunidades.
Porque el arte no es solo pintar y dibujar. Están la fotografía, el cine, el mercado del arte, la publicidad, la enseñanza, toda la tecnología disponible para quien estudia arte. El campo es inmenso hoy. No se trata solo de hacer cuadros. Hay que perseguir el sueño y no dejarlo escapar.
* Juan Florenciáñez es artista visual e investigador, con diplomados en curaduría y comunicación por la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Universidad Nacional de las Artes de Argentina. Participa en el programa de formación Espacio/Crítica, del Centro de Artes Visuales/Museo del Barro, Asunción.