“Para mí, el 2021 significó muchísimo. Fue un año cargado de contenido literario muy importante, puesto que, al finalizar este, recibí el Premio Nacional de Literatura por la novela La casa de la calle 22, la cual tiene una connotación muy importante para mí porque nace y se inspira en una experiencia de búsqueda interior. No solo se trata del tema familiar, el ir a buscar las raíces de mis antepasados, de mi abuela precisamente, sino de un personaje femenino que busca, a partir de una decisión, cambiar su vida. Tiene mucho que ver la infancia, quién estuvo en ese lugar conteniéndola afectivamente. Y, además, cómo de pronto el ser humano, sea mujer u hombre (esta no es una literatura feminista, sino simplemente del ser humano) en algún momento necesita aferrarse a un recuerdo, a una situación, para poder hacer cambios. Cómo lo afectivo cumple un rol importantísimo en la vida.
“Es, por supuesto, una novela existencialista. Pero, además, tuvo mucho que ver el encierro. Lamentablemente, he sufrido muchísimo por esta pandemia, pero, a la vez, el confinamiento permitió que yo me encerrara también dentro de mí y que pudiera sentirme cómoda en un ambiente preparado de silencio, de quietud, para poder escribir. Y fue así que escribí una novela que publicaré muy pronto. Es una obra que sale un poco del esquema del exilio cultural y va un poco al exilio político. Transcurre durante la última dictadura en el Paraguay (la era Stroessner) y narra todo lo que, de alguna manera, pasó. No es una denuncia periodística ni política. Simplemente, es la tristeza de un personaje que necesita irse del país porque es perseguido. Pero también tiene mucho que ver el tema de la juventud, del enamoramiento durante esa etapa adolescente; el exilio y la interrupción, de pronto, de un esquema en el que uno se siente seguro, llámese patria, familia, amigos. La historia, que nace luego de un encuentro de bailes durante un carnaval -una comparsa-, tiene como principal protagonista al disfraz.
“Pues bien, todo esto a mí me ocurrió en este año 2021 que se está yendo. Lo que más puedo rescatar es cómo cada uno guarda dentro de sí algún salvavidas, algún mecanismo de defensa. Cómo hay que saber encontrarse dentro de uno mismo y encontrar ese salvavidas para poder salir de las crisis. En este caso, fue la crisis del encierro, la crisis de salud, la crisis de ver a todo el planeta atacado. Lo que más rescato de este año es cómo pude salir de este estado de angustia y convivir en esa quietud, en ese miedo, con la literatura, con los fantasmas, con los personajes que conviven a diario conmigo.
“También hubo un cambio muy importante, que es el cambio de editorial. Trabajar con Editorial Rosalba significó, para mí, un quiebre y, a la vez, el darme cuenta del compromiso que debe tener el editor. Y creo que esa confianza me la dio Javier Viveros. ¡La difusión es tan importante! El escritor termina la novela y no puede ser su corrector, su editor, ni hacer la tapa. Para eso está el editor. Rosalba me dio eso. Yo termino el libro y Javier lo lee, lo corrige, lo distribuye. Para mí, fue muy importante.
“Tengo después la satisfacción de tener el tiempo disponible, el tiempo que se necesita para escribir tranquilamente. También puedo leer el tiempo que creo que un escritor debe dedicar a la lectura. Hay una complicidad entre el escribir y el leer a la que no se puede ser infiel. Hay una lealtad entre la lectura y la escritura que no se puede quebrar. El escritor tiene que leer. Lo que sí extraño, y me hace falta, son las tertulias, porque justamente debido a las restricciones uno no pudo juntarse y compartir con otros colegas pensamientos, opiniones.
“Quiero desearles, para el año próximo, que nos liberemos. Que podamos salir a las calles y nos reconozcamos, que reconozcamos los rostros de los otros sin ese antifaz que yo llamo 'el antifaz de la boca'. Que podamos leer también los labios de nuestros amigos mientras nos hablan. Reconocer una sonrisa, la voz auténtica. Que dejemos ese antifaz y volvamos a ser libres”.