El filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han recogió el viernes el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025 en una ceremonia celebrada en el Teatro Campoamor de Oviedo. El galardón, que le fue impuesto por la princesa Leonor, la infanta Sofía y los reyes Felipe VI y Letizia, distingue la "mirada intercultural" y "la brillantez para interpretar los retos de la sociedad tecnológica" que el jurado destacó en su fallo del pasado mes de mayo.
Fiel a su reputación de pensador esquivo, Han, que evita habitualmente las apariciones públicas, comenzó su discurso agradeciendo el honor: "Es para mí un gran honor y una inmensa alegría recibir tan alta distinción en esta histórica ciudad de Oviedo". A continuación, reivindicó el pensamiento crítico y evocó la figura de Sócrates como el filósofo que "agita y despierta a los ciudadanos". "También mis textos de crítica social han causado irritación, pero al mismo tiempo han desadormecido a muchas personas", señaló.
El autor de La sociedad del cansancio centró su intervención en cuestionar la ilusión de libertad que, a su juicio, promueve el sistema neoliberal. "Aunque creamos ser más libres que nunca, vivimos en un régimiento que explota la libertad", advirtió. Insistió en que la aparente autonomía que defiende este sistema "no es más que una ilusión", y lo definió como un "régimen despótico neoliberal" que impulsa la autoexplotación y confunde el rendimiento con la libertad. "Uno se imagina que es libre, pero lo que hace es explotarse a sí mismo voluntariamente y con entusiasmo, hasta colapsar. Ese colapso se llama burnout", explicó.

La advertencia se extendió también a los riesgos de la digitalización y la inteligencia artificial, tecnologías que, según Han, "amenazan con esclavizar al ser humano bajo una falsa idea de progreso". "Nos hemos convertido en instrumentos de los smartphones. Es el teléfono inteligente el que nos utiliza a nosotros, y no al revés", afirmó. En su opinión, "las redes sociales no nos socializan, sino que nos aíslan, nos vuelven agresivos y nos roban la empatía".
Ante este panorama, el filósofo instó a los gobiernos a ejercer un control ético sobre el desarrollo tecnológico. "La técnica sin ética puede adoptar una forma monstruosa y esclavizar a las personas", alertó, subrayando que la política no debe limitarse a seguir el ritmo de la innovación, sino orientarla hacia fines humanos.
En la parte final de su discurso, Han expresó su preocupación por la erosión del respeto y el diálogo en la sociedad contemporánea. "Hoy, en cuanto alguien tiene una opinión diferente, lo declaramos enemigo. Ya no es posible un discurso sobre el que se base la democracia", lamentó. Citando al pensador Alexis de Tocqueville, recordó que la democracia se sostiene en virtudes como la responsabilidad, la confianza y la amistad: "Sin ellas, la política se reduce a luchas por el poder".

El filósofo concluyó con una reflexión sobre la libertad y el vacío que, a su entender, domina el tiempo presente. "Creemos vivir más libres que nunca, pero en realidad nos arrastramos de una adicción a otra. Nos invade una sensación de vacío. El legado del liberalismo ha sido el vacío", resumió.
Con una sonrisa final y fiel a su ironía característica, Han cerró su discurso recordando la misión del filósofo de incomodar a la sociedad. "Mis escritos han irritado, como el tábano socrático que picaba y estimulaba al caballo pasivo. Pero, afortunadamente, no me han condenado a muerte, sino que hoy soy honrado con este bellísimo premio. Se lo agradezco de todo corazón", dijo entre los aplausos del público.