André Gide, el inmoralista

André Gide, el inmoralista

Hoy el mundo literario conmemora el 71º aniversario de la muerte de André Gide, escritor francés galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1947 y autor de referencia para varias generaciones del siglo XX. Nació en noviembre de 1869 en París y fue criado en un ambiente puritano, lo cual influyó en sus tribulaciones internas en torno a la libertad y la moral, un rasgo muy visible en su obra. Desde joven escribió acerca del dilema entre el individuo y la sociedad, los instintos y la razón, explorando facetas como la búsqueda de una identidad propia, el hedonismo y una moral despojada de contenido religioso.

Sus principales obras son Los alimentos terrestres (1897), Prometeo mal encadenado (1899), El inmoralista (1902) y su Diario (1889-1942). Todas ellas ejercieron una notable influencia en la literatura europea, particularmente en autores existencialistas como Jean-Paul Sartre o Albert Camus, quienes encontraron en su lectura la problemática de la existencia contradictoria del individuo en la sociedad moderna.

Su obra, en general, fue valorada por críticos de la época, pero también suscitó polémicas a nivel social, a raíz de muchas de sus ideas a favor de la homosexualidad. Cuatro años después de recibir el Nobel murió el 19 de febrero de 1951 en París. Aquí lo recordamos con un extracto de Los alimentos terrestres.

Los alimentos terrestres (fragmento)

Vivía en la espera perpetua, deliciosa, de no importa qué porvenir. Me habitué a que, como las preguntas ante las respuestas que esperan, el deseo de gozar de él, nacido ante cada placer, precediese inmediatamente al goce. Mi dicha procedía de que cada manantial me revelaba una sed, y en el desierto sin agua, donde la sed es inaplacable, seguía prefiriendo el fervor de mi fiebre bajo la exaltación del sol. Había allí, al atardecer, oasis maravillosos, más frescos todavía por haber sido deseados durante todo el día. En la extensión arenosa, abrumada por el sol y como un sueño inmenso -tan grande era el calor- y en la vibración misma del aire, sentí palpitar todavía a la vida que no podía dormirse, temblar de deliquio al horizonte, e hincharse de amor mis pies.

Cada día, a cada hora, ya no buscaba sino una penetración cada vez más simple de la naturaleza. Poseía el don precioso de no hallarme demasiado trabado por mí mismo. El recuerdo del pasado no ejercía sobre mí más influjo que el necesario para dar unidad a mi vida: era como el hilo misterioso que ligaba a Teseo con su pasado amor, pero no le impedía caminar a través de los pasajes más nuevos. También ese hilo tuvo que ser roto... ¡Palingenesias maravillosas! En mis paseos matinales saboreé con frecuencia la sensación de un nuevo ser, la ternura de mi percepción. "Don del poeta -exclamaba-, eres el don del encuentro perpetuo". Y recibía de todas partes. Mi alma era la posada abierta en la encrucijada; lo que quería entrar, entraba en ella. Me hice dúctil, amistoso, disponible con todos mis sentidos, atento, escuchador hasta no tener ya un pensamiento personal, captador de toda emoción de paso, y con una reacción tan mínima que antes de protestar por nada prefería no considerar a nada malo. Por lo demás, observé muy pronto en cuán poco odio a lo feo se apoyaba mi amor a lo bello.