Adiós al poeta Luis María Martínez

12 Enero de 2023
12 Enero de 2023

Hoy se apagó una de las grandes voces de la poesía social del Paraguay: Luis María Martínez. El escritor había nacido en Asunción en 1933. Fue poeta, cuentista y ensayista. Ejerció la presidencia de la Sociedad de Escritores del Paraguay (SEP) de 1990 a 1991 y fue director de la revista Estudios entre 1986 y 1990.

De extenso recorrido poético, su obra se caracteriza por un fuerte acento crítico, de denuncia social. Fue autor de una treintena de libros, entre los que se destacan los poemarios Armadura fluvial (1961), Ráfagas de la tierra (1962), Desde abajo es el viento (1970), Clarea el firmamento (1975), Perpetuamente alondra (1982, primer premio del Concurso de Poesía 1980 del PEN Club del Paraguay), Ya no demora el fuego [1969-1970] (1986) y una muy valiosa recopilación antológica, en dos tomos, de poesía social paraguaya: El trino soterrado. Paraguay: aproximación al itinerario de su poesía social, volúmenes I (1985) y II (1986).

Algunos libros de Luis María Martínez (Facebook)
Algunos libros de Luis María Martínez (Facebook)

En 2012 obtuvo el Premio Municipal de Literatura y en 2019 recibió la Orden Comuneros, que le fue otorgada por la Cámara de Diputados de la Nación, en el marco de una sesión ordinaria del cuerpo legislativo, a iniciativa de los diputados Kattya González y Édgar Acosta.

Aquí lo recordamos con este poema de El libro de las letanías (1973-1995).

Rateros y ratones

Le comen sus maderos, igual que a su destino.

Le gelatinan el rostro con algo de pocilga;

le precipitan al río tenaz de la miseria. Es un

jergón su lecho de plumas consumidas. Todo

la hez devino: rateros y ratones, sargentos de

gargajos, cancerberos de ciegos, baladores

de hinojos, el prócer del osario, el mago del

harapo, el indigente rico, el puto de la

escoria, el burócrata impuro, el pascual monigote.

Es un país precioso precipitado a un torpe

torrente de ludibrios, lagañas, leones,

desprecios y yacijas, balas y escapularios, las

víboras y el malo, la maldad de un inmundo

señor de calabozos, la calavera misma del grave testaferro.

Está como es en todo, pasando hacia el

osario, reposando en el feo arrabal de su

historia. Aquí no hay más historia que la del

puto plomo: pistolas y pistolas, la trampa y el

ultraje, el sudor del sudario, las tinieblas del

puerco. ¡Rescatemos a este pueblo de su

despreciable imposible, de la punta de la

bayoneta, de su gelatinoso silencio, de su

misantrópico cautiverio, de su ferruginoso estado!

Están todos los oficios de víboras en la puerta,

todos los oficios hediendo a mefítico

calabozo, babas de perros con algo de

yugos bajo la lengua. Todo es tan

fatídicamente incierto que hasta los muertos

se marchan para ver una escoria menos: un

burdel menos precipicio, un yugo menos

basilisco, una delación

menos afilada,

una cerviz menos golpeada.

Rateros y ratones: ¡ladrones! Hurtándole el

horóscopo de sus días felices, difamando,

infamando su hospital muy presente,

fosilizando en todo su triste calendario. Y

cacas de ratones en cántaros y peroles...

Pequeñez de ratón: un ratero. Y dos y cientos

y un mil quinientos excretando el veneno de

todos los ofidios, imponiendo el averno con

una buena patada en el trasero del pueblo,

al pueblo desgreñado y decrépito,

fatídicamente no pueblo, sino lóbrega

materia combatida y tirada al basurero

donde babean los canes su iniquidad de

verdugos, su corazón de capataces con

pistolas de pus y de venenos...

El país con letales hurtos fundamentales: sus

pies, su cuerpo, su lengua; sus

memorias... ¡Rateros!

 

Últimas noticias