105 años de la desaparición de Leónidas Yerovi

15 Febrero de 2022
15 Febrero de 2022
105 años de la desaparición de Leónidas Yerovi
105 años de la desaparición de Leónidas Yerovi

Un día como hoy, en 1917, moría el poeta, dramaturgo y periodista peruano, Leónidas Yerovi. A pesar de su temprana desaparición, fue asesinado cuando aún no había cumplido los treinta y seis años de edad, dejó una notable producción poética adscrita a la estética modernista y una obra teatral que le convierte en una de las figuras cimeras de la literatura dramática peruana de comienzos del siglo XX.

Inclinado desde su temprana juventud hacia la escritura, pronto se integró en los principales círculos literarios de Lima, donde alcanzó prestigio periodístico por su trabajo como redactor en algunas publicaciones periódicas como Actualidades y La Prensa, así como por sus labores de dirección de la revista satírica Monos y Monadas.

En su condición de periodista, fue miembro del denominado "Círculo de 1915", primer intento de agrupar, fuera de los intereses comerciales de editores y propietarios, a los profesionales independientes de la prensa peruana. El "Círculo de 1915", así denominado por la fecha de su primera reunión, celebrada en la redacción del rotativo La Crónica el domingo 15 de septiembre de dicho año, contaba entre sus fundadores con algunos nombres tan relevantes dentro del periodismo y la literatura peruanos como Eudocio Carrera, Julio Portal, César Revoredo, Fernando Lund, César Falcón, Felipe Rotalde, Leónidas Rivera, Carlos Pérez Cánepa, Ricardo Flores y Edgardo Rebagliati, a los que pronto se sumaron otros brillantes profesionales de los medios de comunicación peruanos, como José Gálvez, Félix del Valle y el propio Leónidas Yerovi.

En su condición de poeta, Leónidas Yerovi formó parte de un grupo de poetas menores que, como Alberto Ureta, Percy Gibson y José Gálvez Barrenechea, continuaron la estela del modernismo abierta en Perú por José Santos Chocano, Abraham Valdelomar, Ventura García Calderón y, entre otros, José Lora y Lora. Poeta de acusada hondura lírica, Leónidas Yerovi supo aunar este legado modernista con la naciente corriente criollista, como quedó bien patente en la recopilación póstuma de sus versos, publicada a comienzos de los años veinte bajo el título genérico de Poesías líricas (1921).

Pero fue dentro del género dramático donde Leónidas Yerovi alcanzó su mayor prestigio literario, merced a una serie de piezas teatrales en las supo analizar en profundidad la ideología y los sentimientos de la burguesía acomodada y, al mismo tiempo, de la bohemia artística peruana. Entre estas obras dramáticas de Yerovi, conviene destacar la titulada La de cuatro mil(1903). Esta obra, calificada de innovadora y revolucionaria por parte de la crítica especializada, puso sobre las tablas algunas de las principales señas de identidad de la posterior producción teatral de Leónidas Yerovi, caracterizada por su seguimiento del costumbrismo decimonónico de Felipe Pardo y Aliaga y Manuel Ascensio Segura.

En el aniversario de su desaparición compartimos un poema suyo contenido en Poesías líricas.

Mandolinata

Titina, tina tontina,

la de la voz argentina

y el aliento de jazmín,

sal a tu ventana, ingrata,

y oye la mandolinata

que te doy en el jardín.

Oye la trova que roba

con su dulcísima coba

la calma del corazón;

descorre la celosía

y acoge, princesa mía,

los ecos de mi canción.

Soy el bardo decadente

de númen incandescente,

que ama sin saber a quién;

el de las japonerías

y ritmos y melodías

aprendidos a Rubén.

Con mi cantata nocturna

quiero perfumar la urna

sacra de tu corazón,

y aquí tengo en la petaca,

para incienso, mirra y laca

que me ha prestado Fiansón.

Tu cabello es blonda seda

tu pura frente remeda

blanca faja de marfil;

luminarias son tus ojos,

cerezas tus labios rojos,

de medallón tu perfil.

Tu seno es tibia almohada,

tu cintura una monada,

tu cutis es de surah:

tu cuerpo un jarrón de Sevres

modelado por orfebres

amigos de tu papá.

Dos almendras son tus manos;

no hay pie, entre los pies enanos,

más menudos que tu pie...

y eres, en fin, por belleza,

por frescura y gentileza

un botón de rosa té.

Titina, tina, tontina,

siendo, como eres divina,

siendo como eres, así,

¿Por qué no asomas , ingrata,

y no te fijas en mí?

¿Será cierto que hay un viejo

que por paternal consejo

tu viejo esposo será?

¿Es posible que te vendas?

¿Qué no aceptes más ofrendas

que las que el viejo te hará?

Titina, tina, eso es feo;

no es decente y no lo creo;

¡Venderte al mejor postor!...

Una señorita honrada

no debe acatar por nada

más ley que la del amor.

A tí lo que te hace falta

según a la vista salta

no es un viejo rico, no:

es un trovador amante,

es un poeta que cante

como un mirlo, como yo.

Es un bardo decadente

que te ame y que te alimente

el alma en primer lugar,

que los demás apetitos

sólo son prosaicos gritos

del estómago vulgar.

Medítalo, pues, tontina,

la de la voz argentina,

y el aliento de jazmín:

no desestimes ingrata,

la prudentísima lata

que te doy en el jardín.

Mas si no oyes mi consejo

y crees hallar en el viejo

por su dinero, tu bien,

¡Anda y que Luzbel te tiente

y que el viejo te reviente

y te dure un siglo! (Amén).

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